En medio del miedo, la Fe se convierte en refugio para los inmigrantes en Minnesota
- 9 feb
- 3 Min. de lectura
Mientras Minneapolis vive días de tensión por operativos migratorios y hechos de violencia recientes, comunidades cristianas están respondiendo con lo que mejor saben hacer: acompañar, proteger y amar al prójimo.

El pasado fin de semana, tras conocerse la muerte de Alex Pretti a manos de agentes federales de inmigración, pastores evangélicos hispanos se encontraban reunidos en oración en una iglesia local. Lo que sería un encuentro para hablar de seguridad en los templos cambió de rumbo cuando el jefe de policía de Minneapolis tuvo que salir de emergencia hacia el lugar del incidente.
En ese sótano, tomado de las manos, el clamor fue sencillo pero profundo: “Dios, te necesitamos”. Las lágrimas y las oraciones reflejaban el sentir de una comunidad herida, confundida y temerosa.
Diversos líderes cristianos han señalado que, aunque las autoridades federales han justificado su presencia por presuntos casos de fraude, las acciones recientes han impactado principalmente a comunidades hispanas, incluyendo a inmigrantes con documentos en regla, refugiados e incluso ciudadanos estadounidenses.
El temor se ha extendido rápidamente. Familias enteras han dejado de salir de casa. Algunos evitan ir al supermercado, otros ya no se reúnen con amigos ni con familiares. Pastores y feligreses coinciden en una sensación común: vulnerabilidad e impotencia.
Ante este escenario, las iglesias no han cerrado los ojos.
En medio de temperaturas extremas, voluntarios cristianos cargan cajas de alimentos, pañales y artículos básicos para miles de familias que permanecen resguardadas en sus hogares. Tan solo una congregación ha organizado una red que atiende a decenas de miles de personas, con apoyo tanto de creyentes como de vecinos que no profesan la fe cristiana.
La escena recuerda a una comunidad que responde tras una catástrofe: templos convertidos en centros de ayuda, restaurantes y cafeterías recolectando víveres, y una red solidaria creciendo de forma espontánea.
Además del alimento, las iglesias han comenzado a cubrir rentas, trasladar personas a citas médicas urgentes y acompañar a trabajadores y estudiantes para evitar que se expongan solos. Pastores y voluntarios extreman precauciones, conscientes de los riesgos, pero firmes en su convicción.
“Estas son las personas que Dios puso en nuestro camino”, expresó un líder cristiano que pidió mantener el anonimato. “La pregunta hoy es clara: ¿qué significa amar al extranjero en tiempos como estos?”.
Algunas congregaciones han optado por limitar sus reuniones presenciales por seguridad. Otras han reorganizado sus cultos y actividades, priorizando el cuidado de sus miembros. En paralelo, madres y padres cristianos han firmado documentos legales para poder resguardar temporalmente a niños en caso de que sus familias sean separadas.
Incluso agencias cristianas de apoyo a refugiados han reportado un aumento en la demanda de ayuda legal de emergencia, algo impensable para personas que llegaron al país tras largos procesos de verificación. Las historias que emergen desde los centros de detención, aseguran, son difíciles de escuchar.
Lo que también ha surgido es una respuesta inesperada: iglesias que antes no participaban activamente en temas migratorios hoy buscan capacitarse, informarse y colaborar.
“La fe no puede ser indiferente”, comentó uno de los pastores. “Muchos creímos que las cosas serían diferentes. Hoy vivimos una realidad dolorosa, pero también una oportunidad para que la Iglesia sea luz en medio de la oscuridad”.
Desde Minnesota, este testimonio resuena más allá de las fronteras. Es un recordatorio para la Iglesia: en tiempos de miedo y división, el amor cristiano sigue siendo un refugio vivo y activo.

Comentarios